Mujeres en conflicto: comparaciones sociales ascendentes


Un rasgo elemental del ser humano es realizar comparaciones sociales. El coche nuevo que se ha comprado el vecino, qué ropa usa, etc. Dichas comparaciones pueden ser, en general, bastante útiles ya que nos dan una pista sobre las metas e intereses que son dignos de perseguir.


mujeres conflicto

Pero hay un lado pernicioso en las comparaciones sociales, son las comparaciones sociales ascendentes y es cuando nos comparamos con alguien de un estatus social mayor al nuestro. Curiosamente, no todo este tipo de comparaciones son igualmente potentes en términos de socavar la autoestima.

Tanto hombres como mujeres ven a los miembros de su propio sexo como competidores para una variedad de recursos, especialmente de pareja, por tanto, tendemos a realizar comparaciones con personas de nuestro mismo sexo.
Pero las mujeres tienen un motivo adicional: están relativamente más interesadas en representar un estatus social más alto que otras mujeres, porque las mujeres de estatus social más alto pueden obtener mayor cantidad de recursos. Por ejemplo, las investigaciones muestran que las mujeres son proclives a brindar ayuda en el cuidado de niños ajenos de un estatus social más alto, pero no más bajo.
Los hombres, en cambio, son menos propensos a preocuparse por niños que no forman parte de su descendencia. Esta diferencia genética entre hombres y mujeres ocurre incluso en personas mayores de clases sociales altas, que no tienen que preocuparse por la adquisición de recursos.

Dicho de otra manera, las mujeres tienen un motivo más en esta pugna que los hombres, ya que reconocen (aunque sea a nivel inconsciente) que las mujeres de mayor estatus tienen más probabilidades de obtener mejores recursos disponibles. Como resultado, ellas no sólo son más propensas a participar en comparaciones ascendentes con su mismo sexo, sino que estas comparaciones sociales también generan mayor negatividad emocional (ira, celos, etc.).

Una investigación realizada en la Universidad de Texas parece proporcionar apoyo a esta hipótesis. Durante un estudio se solicitó a hombres y mujeres que traten de impresionar a otras personas mediante sus posesiones materiales.
Los resultados indicaron que los hombres notoriamente se esforzaron en impresionar al sexo opuesto, mucho más que a otros hombres. En cambio, en el caso de las mujeres, se pudo observar el patrón contrario:


hombre mujer

Existen al menos dos razones por las cuales las mujeres pueden estar más estimuladas a participar en comparaciones con personas de su mismo sexo. En primer lugar, no hay dudas que, aunque en decadencia, la discriminación contra la mujer es un fenómeno generalizado. En particular si hablamos de calidad de trabajo, ya que son los hombres los que obtienen las mejores beneficios. Como resultado, muchas mujeres pueden percibir que deben competir ferozmente entre si, debido que para ellas los recursos son más escasos.
En segundo lugar, las mujeres son relativamente nuevas en la fuerza laboral, la mayoría de las distintas áreas del trabajo están dominadas por hombres. Como consecuencia, la mujer siente que tiene una mayor posibilidad de avanzar en sus metas laborales si muestra un comportamiento más masculino, lo que incluye congraciarse con hombres, no con mujeres.

A propósito de esto, hace unos años se produjo un hecho llamativo en el M.I.T. (Instituto Tecnológico de Masdachusetts), dicha Universidad decidió reducir la contratación de personal femenino ya que las mujeres que allí trabajaban presionaron para que ello ocurriera. Adujeron que "habían demasiadas profesoras y no se justificaba que se siguiese contratando personal femenino". Esta circunstancia fue tan peculiar que el New York Times publicó un artículo refiriéndose al tema (el enlace está al final del artículo).

Lo que todo esto sugiere es que, a pesar que la mayoría de las mujeres pugnan por la igualdad de sus derechos, también los pueden estar socavando de manera sutil. De ser así, un elemento importante sería reconocer esta tendencia y encontrar la forma de superarla.


Referencia:
http://www.nytimes.com/2011/03/21/us/21mit.html



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